Archipiélago — Notas sobre una práctica dispersa
Desde la micro política de mi experiencia como migrador y la lupa del archipiélago
Archipiélago — Notas sobre una práctica dispersa
desde la micro politica de mi experiencia como migrador y la lupa del archipiélago
Luis Negrón van Grieken
v05, 7.6.2026
Fragmento 1: Prólogo — Habitar la dispersión
Nací en una ciudad que mira al mar sin entregársele. La cordillera del Àvila separa la conciencia caribeña de la capitalina en un país 150 % centralizado. Ahi mismo, en esa interfase crecí rodeado de voces, pantallas catódicas, músicas de fondo de las calles y camioneticas. En el difuso límite entre naturaleza, la urbe colapsada de la Caracas metropolitana, los recuerdos infantiles de una ciudad mágica y caliente (Coro) rodeada de familia, y asi como la fría realidad de un centro comercial. A los 18 me fuí, porque mi familia se fué. Me "dispersé". No por decisión, sino por un deseo más profundo: el de tocar otras "islas".
Durante años viví con la sospecha de estar hecho de peadacitos. De lenguas superpuestas (entre español y alemán), por dialecto (que es hablar español como venezolano), acento (wie bitte?, was?), o el mismo pensamiento desordenado e irracional (que luego lo comprendí como una virtud caribeña). Hoy pienso que eso no era un error, sino un principio. El archipiélago no es solo una figura poética: ha sido mi manera de existir, de escuchar, de componer.
No busco sistemas ni síntesis. Prefiero las constelaciones, las redes de fuerzas, la suerte de la atracción y relación. Las piezas que no encajan pero vibran cerca. Entre las ruinas, los fantasmas y los ruidos que persisten, he encontrado formas. No estructuras, sino formas sensibles de estar.
Componer para mí ha sido siempre tender puentes entre islas que no quieren ser continente.
Fragmento 2: Mi cuerpo dividido, mis obras dispersas
Siento que cada etapa de mi vida se desarrolló en una lengua distinta. No solo en términos idiomáticos, sino sensoriales. Cada ciudad, cada mudanza, cada piel, trajo consigo un sistema de signos y un modo de percepción que no siempre fue traducible. De hecho he pensado haber nacido varia veces. En cada ciudad que he vivido, una vez más.
Una primera revelación ocurrió a principios de los noventa, durante mi estadía en Hamburgo. Allí, en el cruce entre lo laboral y la rumba, en las cenas familiares de familias migrantes y los clubes de salsa y electrónica, en los espacios de teatro y en los márgenes donde la resistencia contra un racismo constante se hacía práctica cotidiana, descubrí que la condición latinoamericana no era una sola, sino muchas. Se manifestaba como una cultura diversa y en movimiento, que sobrevivía, se transformaba y tomaba forma en otra(s) diáspora(as) más.
Poco después, entre estancias, mientras oscilaba entre Hamburgo y Turingia, se dio otro momento crucial: una suerte de reconexión profunda con mi Venezuela. Trabajaba como diseñador en postproducción para comerciales, pero había algo que me empujaba fuera de aquel estudio. Con mi cámara, una hamaca, y el tiempo justo para dejarme afectar, recorrí zonas rurales del estado Aragua, del Oriente, del Occidente, palpando rituales de raíz africana, escuchando tambores, bailes, silencios. Los paisajes , las diferencias.
Viajaba solo, con la curiosidad como única brújula. Me encontraba con comunidades, rituales religiosos en las tierras costeñas y montañosas, vi cuerpos en trance, ví el sincretismo que nos teje. La cámara no era solo herramienta de registro, sino extensión de una pregunta: ¿qué queda en el cuerpo de un territorio cuando uno ya no pertenece del todo?. No solo yo, sino todos los de la ciudad. Lo urbano y lo rural aparecían no como opuestos, sino como extremos de una fractura que no logré cerrar. En ese ir y venir, la etnografía no era método académico, sino ejercicio de escucha y deriva: un gesto poético más que disciplinar. Me transformé en el fotógrafo del pueblo de choroni. Mis fotos fueron adquiridas paara un museo africano en Ocumare que nunca abrió.
Caracas también me formó el oído desordenadamente. En sus márgenes, entre lo que se escuchaba en los antros de Chacao y lo que sonaba en los matrimonios de clase alta. Iba a conciertos de punk rock — como aquel de laa banda argentina Todos Tus Muertos en un sitio singular que era fuera de serie. Después de haber tocado “13”, se dieron cuenta que no podían sallie del país por un fallido golpe de estado. Ese lugar era mi mundo. Era el único espacio distinto que conocía, y yo apenas estaba comenzando.
A veces, esa misma semana, me vestía con flux prestados para bailar merengue en fiestas como arroceros. Era como cambiar de piel. Siempre fui tímido, pero rodeado de gente que me inspiraba y me movía. Aunque también aprendimos a protegernos, a medir el gesto, a sobrevivir en cada entorno. Caracas no me enseñó a mezclar estilos, sino a habitar varios a la vez. A vivir entre islas sin mapa. A entender que cada ritmo tenía su gramática, su grupo, su peo. Y que, en esa oscilación, se formaba el oído del que vendrían mis obras: atento a la bifurcación, pero también al corte.
Fragmento 3: Islas de obra: constelaciones que no se cierran
Después de Barcelona, llegué a Colonia con mi primer hijo. Que bella historia. Pero el mapa se transformaba: ya no era solo una deriva personal, sino también una red afectiva que me pedía otros ritmos, otras formas de llevar el tiempo. Me faje en la academia, ese espacio inestable donde el pensamiento a veces toca la práctica con fracaso 3. Fue allí, en el cruce entre la urgencia doméstica y la investigación estética, donde encontré un campo idóneo para consolidar algunas de mis inquietudes.
Colonia me conectó con la escena de video experimental, con los bordes de la música exploratoria de improvisación , y tambien con ideas feministas del arte que aún hoy resuenan en mi manera de operar artisticamente. Seminarios con Ursula Damm, Susanna Schönberg o exploraciones sobre el legado de Valie EXPORT no solo ampliaron mi mirada, sino que también me enseñaron a ver otra perspectiva del uso de maquinas en el arte. Comencé a pensar en la obra como sistema difuso, elástico, como lugar que se modifica al ser habitado.
Mis obras artísticas, desde entonces, se volvieron islas1. No series, no capítulos, no variaciones sobre un mismo eje. Más bien fragmentos que flotan, se iluminan mutuamente, o se niegan a encajar.
Algunas más materiales, otras más efímeras, con ganas de desaparecer. Todas cargadas de restos, de fantasmas, de voces que no siempre se dejan traducir.
Quiero comenzar mencionando TELEFANTE 2, que no es tanto una obra como una estrategia. Una caja de cartón, una lámpara, una cámara, y dos orificios. Una linterna mágica como de arte povera. Telefante es un gesto: producir con lo mínimo, imaginar con lo que se tiene a mano, construir una escena desde la precariedad como potencia. No se trata de nostalgia tecnológica, sino de recuperar lo artesanal como método especulativo. Telefante me ha permitido pensar, mostrar y archivar sin finalidad. Como si la imagen pudiera aún guardar algo de magia, algo de infancia técnica.
Con Video/Snare, el cuerpo volvió a escena. No el cuerpo representado, sino el cuerpo que hace. Una caja de percusión que es también luz, que responde al tacto, que se hace imagen. Aquí la composición no está escrita: se activa. Es una obra que exige presencia, pero que responde con ambigüedad. Lo que parece ritmo es ruido, lo que parece imagen es eco. Es un aparato intermedio: entre el gesto y el código, entre la vibración y la luz.
Luego está Venezuela Traum, una pieza que se resiste a cerrarse. Una película en vivo, un live cinema de archivo, donde los materiales actúan como médiums. Es una constelación de lo que no fue y de lo que se repite: Venezuela como trauma, pero también como composición. El sueño, el país, el exilio, el playback. Todo aparece, desaparece, se repite. La línea narrativa no importa: lo que importa es cómo suena cuando colapsa.
Ruido Perla, por ejemplo, nació como una poesía y acabó siendo paisaje. Fue una instalación pensada desde lo intangible, pero proyectando lo orgánico. Jugaba con la transparencia, con el gesto de mostrar sin definir. El trabajo con capas visuales, transparencias y acumulaciones formales proponía una lectura oscilante, siempre en fuga. ==cambiar==
Cada una de estas piezas tiene su tiempo y su gramática. Pero todas comparten algo: no fueron planeadas como obras “completas”. Surgieron de encuentros, errores, experimentos. Son documentos que se dejaron contaminar por la vida!. A veces surgen de una frase que surge de discusiones entre amigos. Otras de una pregunta técnica sin solución. Siempre de una insistencia que no necesita ser explicada.
El archipiélago, entonces, no es solo una imagen. Es la forma en que estas obras existen: separadas, sí, pero con resonancias e intercambio. Como si todas compartieran un pulso, una respiración común. Comparten el mar vago de las posibilidades y de la contingencia.
Fragmento 4: Metodología sin método: el archipiélago como ética
Si algo me ha enseñado el tiempo es que para la practica artística la estabilidad no me acompaña como método. Lo que tengo —y he ido afinando— es una forma de estar. Un modo de escucha, de atención, de montaje. A veces improvisado, otras ritualistico. Nunca del todo estable.
El archipiélago no es un plan. Es una condición. No es que yo elija trabajar fragmentado: es que el mundo ya está así, disperso, y lo único que podemos hacer es conectar desde ahí. Desde es lugar desbaratao4. Mis trabajos no se organizan en proyectos cerrados. Se dan como reverberaciones, extensiones, variaciones de una misma respiración. A veces con años de diferencia. A veces como respuesta a algo que aún no ha ocurrido. (!)
Trabajo como recolector. Grababa (mentira, lo sigo haciendo) sin saber para qué. Anoto frases sueltas. Encuentro imágenes que no me pertenecen. Construyo máquinas inutiles. Mi taller (no tengo uno, tengo múltiples) es un paisaje lleno de objetos en espera. De materiales que no buscan función sino roce. El montaje no es una operación estética: es una forma de supervivencia. De juntar lo que quedó suelto. De hacer visible lo que no tiene lugar.
La ética archipielágica no pretende cerrar, ni explicar. Más bien aloja. Acepta la ausencia como parte. No todo se muestra, no todo se entiende. Hay cosas que simplemente están. Y ese estar ya es suficiente. El arte, entonces, no como comunicación, sino como campo sensible donde las cosas se relacionan unas junto a otras, sin necesidad de coincidir.
Por eso las obras no son productos, sino procesos abiertos. Pueden mutar, desmontarse, rehacerse. No tengo un estilo fijo ni una técnica unificadora. Lo único que se mantiene es el gesto: poner en relación, dejar espacio, aceptar el ruido. Componer con lo que hay. Y a veces, no componer.
La figura del archipiélago me permite pensar así: en red, en vibración, en vecindad. No hay centro. No hay progreso. Hay deriva. Hay atención. Hay fragmentos que se acercan y se alejan. Y hay, también, un respeto profundo por lo que no se puede nombrar.
Fragmento 5: Escribir desde la periferia
No escribo desde un centro ni desde una cima. Escribo desde la orilla: donde el lenguaje tantea, se roza con el ruido, y algo empieza a formarse sin nombre fijo.
Mi práctica también vive en ese borde. No por falta, sino por afinidad. Como forma de atención lateral, de escucha abierta.
Desde ahí, me atraviesan ciertos gestos: la minoria poética del lenguaje, como en la patafísica5; el caminar sin rumbo como método, como en la dérive situacionista; o la atención a lo marginal, como en la variantología. No necesito explicarlos, pero están. Son presencias.
El archipiélago me permite eso: pensar por proximidad, componer por afecto, dejar entrar lo que no encaja. Una forma de abrir sentido sin imponer estructura. Una manera de estar que no busca completud, sino relación
⸻
Epílogo — Recorrido artístico
Este ensayo ha sido una forma de pensar en voz alta sobre mi obra, su devenir fragmentario y su relación con el archipiélago como figura sensible. Pero también ha habido un hacer continuo, plural, constante.
A lo largo de más de dos décadas he producido instalaciones, conciertos audiovisuales, obras escénicas, intervenciones digitales, conciertos infantiles, performances improvisadas, ejercicios de archivo, composiciones experimentales y textos. Algunos trabajos fueron pequeños gestos, casi íntimos. Otros tomaron forma de estructuras complejas, exhibidas o activadas en museos, salas, festivales, teatros y espacios independientes de distintas partes del mundo.
Juntos forman un delta: un archipiélago de islotes diversos, desordenados, que se expanden en el tiempo y en el espacio sin buscar una clasificación precisa. Contarlos no tiene sentido si no se entiende que cada uno surgió de una urgencia, de una intuición o de un deseo de respuesta.
Trabajo desde la humildad del hacer. A veces desde la necesidad de mostrar resultados, otras desde el impulso de simplemente sostener un gesto. No siempre sé cómo llamar a lo que hago. Pero sí sé que cada obra deja un rastro. Y que ese rastro, en su conjunto, dibuja una geografía viva.
Una topografía de lo que insiste.
- La célebre frase de Beckett —extraída de su obra crepuscular Worstward Ho (1983)— ha sido adoptada como emblema de la perseverancia creativa. Sin embargo, en su origen no alude al progreso triunfal, sino a una forma de habitar el fracaso con lucidez. “Fracasa mejor” no promete éxito, sino una íntima fidelidad al acto de intentar, aun sabiendo que el resultado será insuficiente. En Beckett, el fracaso no se redime: se afina, se repite, se convierte en forma. Es una estética del límite, donde lo esencial es seguir, aun cayendo.↩
- Ver dossier de trabajos en http://dossier.audiovisiones.info/↩
- Telefante es un enigam de propuesta artistica. Pero tambien es extremadamente banal. Y ahi está el momento magico del lenguaje y el hecho. Telefante↩
- Desbaratado: En Venezuela, "desbaratado" describe algo roto, descompuesto, desestructurado o en un estado de desorden caótico. Va más allá de simplemente "roto" e implica una falta de cohesión y funcionalidad, sugiriendo una fragmentación o desarticulación de las partes. En este contexto, se utiliza para enfatizar la condición fragmentada del mundo.↩
- Minoría poética del lenguaje: Se refiere a un uso del lenguaje que prioriza la experimentación estética y la subversión de las normas lingüísticas, similar a la aproximación lúdica y anti-sistemática de la patafísica. Se caracteriza por la innovación formal, la ambigüedad y la búsqueda de una experiencia poética más allá de la comunicación literal.↩